Tengo mis dudas, tengo recovecos de ansias, de calmas. Soy grouyere del cerebro cansado de olvidar, y aferrarse a la memoria equivocada.
Hoy disfruto dormir, sin almohada, sin sabanas o piel. soy la inteligencia de la muerte en cada cabello, y la conciencia de tu vida en cada sien. Soy la nada, que se estanca en cada segundo de duda, y el silencio que se forma entre la calle y la ruta.
Estoy en cada gota de sudor frío de culpas y en cada sabor amargo que se atora en la garganta del cobarde a punto de hablar. Tengo la fuente de lo eterno, entre vena y corazón. Soy egoista de mi alma, que quemo en pedazos para calor poder guardar.
Soy carcelero de todo sentimiento que no expresen mis dedos, que no pueda escribirse sin tintero
lunes, 21 de julio de 2008
lunes, 7 de julio de 2008
Amanecer...
En busca de la más mínima entrada, del punto de quiebre, de una fisura mi mano buscaba en la espalda aún cubierta y protegida por ropas y la oscuridad del abrazo a media sala. Cercana al sofá, la sombra entrelazada tirada al suelo. Frente a la ventana, tu cuerpo siendo memorizado por la punta de mis dedos, y por el roce egoísta de mis labios.
A placer del tiempo contado entre gotas de sudor y la menguada luz de Luna. Se desteje la blusa, el pantalón y la desnudez irradiante de tu vientre deja escapar sus narcóticos vapores. Enajenando la destreza de la lengua recorriendo tu barbilla y tu silueta. Buscando confort en los cojines, ahora gigantes, te reclinas invocando a que mi aliento suba la escalera de tus piernas.
Tus manos afilan las uñas contra la tela, y las contorsiones se vuelven espasmos de sonrisas, de muecas felices. Somos tú y yo bajo el manto de la noche, y el frío de las pieles incendiarias justo antes de hacer fricción.
Despacio pero sin dudas, te levantas decidida; ensordecen los sonidos, y dejan en eco la respiración agitada. Procuras sonrisa, pero los ojos dicen: Caza. La sombra ahora presa, de la espera larga, del sabor perfecto, de la nada que no pasa.
El aire se torna espeso, el aliento fuego y tu cuerpo templo. Los susurros voces, y las voces gritos. La fuerza de entre las sombras destella chispas y llamaradas. La batalla de las luces se vuelve más clara. La noche día, y el Sol... y el Sol sale a media sala.
A placer del tiempo contado entre gotas de sudor y la menguada luz de Luna. Se desteje la blusa, el pantalón y la desnudez irradiante de tu vientre deja escapar sus narcóticos vapores. Enajenando la destreza de la lengua recorriendo tu barbilla y tu silueta. Buscando confort en los cojines, ahora gigantes, te reclinas invocando a que mi aliento suba la escalera de tus piernas.
Tus manos afilan las uñas contra la tela, y las contorsiones se vuelven espasmos de sonrisas, de muecas felices. Somos tú y yo bajo el manto de la noche, y el frío de las pieles incendiarias justo antes de hacer fricción.
Despacio pero sin dudas, te levantas decidida; ensordecen los sonidos, y dejan en eco la respiración agitada. Procuras sonrisa, pero los ojos dicen: Caza. La sombra ahora presa, de la espera larga, del sabor perfecto, de la nada que no pasa.
El aire se torna espeso, el aliento fuego y tu cuerpo templo. Los susurros voces, y las voces gritos. La fuerza de entre las sombras destella chispas y llamaradas. La batalla de las luces se vuelve más clara. La noche día, y el Sol... y el Sol sale a media sala.
lunes, 30 de junio de 2008
lluvia de estrellas...
Viendo la noche fecundando estrellas, entre destellos y memorias al fuego y esperanzas recostadas en la palma de la nada; así nacen y perecen los sueños. Arrimados a cualquier fogata, bajo cualquier techo invisible, y bañados de polvo de estrellas los días.
Fugaces las vidas, los días, los años, y eres tú la que acompaña la paz de la nada. Soy prisionero de las ideas que entre nubes y sombras, se retuercen en sonrisas desconocidas y en placeres de la honda noche. Somos testigos de los mismos días en distintas noches.
Somos otro pequeño punto brillante en la mirada de algún otro, somos luz, y distancia, somos distancia y esperanza, somos la efímera felicidad de una luz rasgando el cielo, trazando una sonrisa en firmamento.
Fugaces las vidas, los días, los años, y eres tú la que acompaña la paz de la nada. Soy prisionero de las ideas que entre nubes y sombras, se retuercen en sonrisas desconocidas y en placeres de la honda noche. Somos testigos de los mismos días en distintas noches.
Somos otro pequeño punto brillante en la mirada de algún otro, somos luz, y distancia, somos distancia y esperanza, somos la efímera felicidad de una luz rasgando el cielo, trazando una sonrisa en firmamento.
sábado, 21 de junio de 2008
Por la noche...
Por la noche las sábanas se tornan voraces; hambrientas cual serpientes que tragan elefantes y suaves como labios de amante. Las penumbras aletargan cualquier pensamiento, mientras se enfundan y hacen de las cortinas trajes. La madera cruje al estirar los músculos del rostro del closet.
De noche todo el cuarto cambia: el techo se hace cambiante, las lámparas cobardes, el silencio abatible, las almohadas estorbos, los burós trincheras infranqueables.
Por la noche regresas, nunca faltaste. De noche perdonas, acompañas, y entiendes. Y en las madrugadas aún siento tu abrazo, me siento reconfortado, el mundo ya no es tan malo. Por las noches todo mejora, y descanso.
De noche todo el cuarto cambia: el techo se hace cambiante, las lámparas cobardes, el silencio abatible, las almohadas estorbos, los burós trincheras infranqueables.
Por la noche regresas, nunca faltaste. De noche perdonas, acompañas, y entiendes. Y en las madrugadas aún siento tu abrazo, me siento reconfortado, el mundo ya no es tan malo. Por las noches todo mejora, y descanso.
martes, 27 de mayo de 2008
Desayuno...
De la manga recogida me veo buscando ases, de entre las manos lentas y furtivas te alcanza mi tacto donde comienza a llamarse espalda. Recorre la mirada lo que queda de luz sobre tu piel, buscando siempre la hoguera de almas en tu ser.
Clarea el día y la idea, la paz de la mañana invade la tundra de tu cama. Tu abrazo es lo único que el hambre mata, y lo mata en asfixia de calor y sofoca de aromas tentadores. Es sin más un festín que no es comida, y un desayuno quema calorías.
Clarea el día y la idea, la paz de la mañana invade la tundra de tu cama. Tu abrazo es lo único que el hambre mata, y lo mata en asfixia de calor y sofoca de aromas tentadores. Es sin más un festín que no es comida, y un desayuno quema calorías.
... Borracho
Últimamente he perdido mi capacidad de sorpresa, la perdí en el último vaso de cerveza, me dí cuenta al ver que llegabas a la mesa, llegabas solita rogando después de haberme pedido nunca llamar.
Yo bebía observándote al fondo del tarro, jugando a ningún hueso de limón pasar; jugando a verte llorar o confundirme con las gotas que escurren en el vidrio del vaso con la sal.
Perdí mi capacidad de sonrisa, se me fué con la sorpresa de saber, que otra vez estaba confundido por beber; la mesera no rogaba ni lloraba, sólo trae la cuenta en espera del pago poder realizar.
Yo bebía observándote al fondo del tarro, jugando a ningún hueso de limón pasar; jugando a verte llorar o confundirme con las gotas que escurren en el vidrio del vaso con la sal.
Perdí mi capacidad de sonrisa, se me fué con la sorpresa de saber, que otra vez estaba confundido por beber; la mesera no rogaba ni lloraba, sólo trae la cuenta en espera del pago poder realizar.
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lunes, 26 de mayo de 2008
...comprando tiempo
Con las manos contando centavos, recorro las bolsas del pantalón viejo, encargado de no fallarme a la hora de echar a volar. Entretenido entre pelusa y papelitos, separando cuidadoso la moneda del dulce y la tela. Quiero seguir pensando, quiero seguir comprando tiempo, tiempo para pensar; pagándole a la otra mano para volver a empezar.
miércoles, 21 de mayo de 2008
"cuidado con lo que deseas..."
Deseo el arte del recuerdo pulido en mi intento del asesinato de la rutina; y las heridas supurantes que ayudan a levantar el ánimo de rascar la costra.
Deseo un disparo callado en la sien, que susurre y lengüete las memorias que recuenten lo vivido al volver a encontrarme. Así quiero mis últimas penas, dolores, tragedias; que vengan de las que no sorprenden las arterias. Quiero el reto de olvido perder, perderlo todo frente al tiempo tibio, limpiador y sanador.
Todo lo que queda del sudor, la adrenalina que viene del pasado, TODO, quiero limpiarlo: de la sala, cocina, techo, y paredes, con sosa quiero amagar las manchas y el olor que marea a cualquiera no acostumbrado al metro y sus suicidios. Quiero limpiar la sangre de las baldozas y alfombras con agua tibia y soda.
Deseo un disparo callado en la sien, que susurre y lengüete las memorias que recuenten lo vivido al volver a encontrarme. Así quiero mis últimas penas, dolores, tragedias; que vengan de las que no sorprenden las arterias. Quiero el reto de olvido perder, perderlo todo frente al tiempo tibio, limpiador y sanador.
Todo lo que queda del sudor, la adrenalina que viene del pasado, TODO, quiero limpiarlo: de la sala, cocina, techo, y paredes, con sosa quiero amagar las manchas y el olor que marea a cualquiera no acostumbrado al metro y sus suicidios. Quiero limpiar la sangre de las baldozas y alfombras con agua tibia y soda.
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lunes, 12 de mayo de 2008
La dureza del saber
Mi mundo en inanición, la carne cada vez más seca, más curtida por el sol y el tiempo de historias viejas y cuentos de sombras bajo el rayo de tu voz a medio dormir. Poniendo duro el abdomen, ya medio cansado y flacido, de espera sentada, de caminata vaga con los hombros al suelo y la mirada empañada.
Las manos dolorosas de recuerdos que se escapan por falta de fuerza en el agarre, de entre los dedos los días y los viajes. Respirando con dificultad la espesa nata de quimicos que aún contiene aire y un poco de ti.
Recordando vago y sin querer alguno que otro momento, alguna que otra frase, que con eco sollozan en algun rincón oscuro de la casa que no fue hogar. Así se seca poco a poco la vida atravesada de un cable a medio día, con la intención de renovar la prenda, retomar las rienda, y un poco a poco cambiar.
La dureza del saber que el sol sólo quema, la memoria sólo se borra, y las fuerzas no vuelven sin razón. La dureza del saber que no hay cambios, sólo muertes. La dureza del adiós, y saber que no vuelves.
Las manos dolorosas de recuerdos que se escapan por falta de fuerza en el agarre, de entre los dedos los días y los viajes. Respirando con dificultad la espesa nata de quimicos que aún contiene aire y un poco de ti.
Recordando vago y sin querer alguno que otro momento, alguna que otra frase, que con eco sollozan en algun rincón oscuro de la casa que no fue hogar. Así se seca poco a poco la vida atravesada de un cable a medio día, con la intención de renovar la prenda, retomar las rienda, y un poco a poco cambiar.
La dureza del saber que el sol sólo quema, la memoria sólo se borra, y las fuerzas no vuelven sin razón. La dureza del saber que no hay cambios, sólo muertes. La dureza del adiós, y saber que no vuelves.
miércoles, 23 de abril de 2008
Seco...
Las rocas eran azotadas por las necias olas, una tras otra, distinta fuerza, altura y suerte. Todas estampaban su rostro en contra de la áspera superficie que dejaba segundos de brillos húmedos en el aire, pero algunas lograban salpicar tus pies, para secarse rápidamente contra el cruel rayo de luz.
Luz del Sol, luz de medio día, de inapelable y brutal medio día. Sin una sola nube que proteja un poco. Sin una sola idea que aleje un poco la idea de seguir en silencio cociendo la piel. No era paz. Era más el acto reflejo de abandonarte, de lograr olvidar,perdonar, rezar, reír, sonreír, broncear, quemar, estar.
Te levantaste aún muda. Bajaste de tu pedestal rocoso, para comenzar a sumergir el cuerpo. Curtiendo un poco el nuevo tono de tu superficie, la sal y el agua te acosaba los poros, y enfriaba con natural desdén las ganas de continuar el embate contra el mar.
Tu cabello fue el último en sentir la calma. El respiro del alma salada exhalando contra tu piel, la seducción del momento inmortal.
Fui a tu encuentro bajo las olas, bajo el sol, bajo la sal, bajo el mundo y sus presiones. Te encontré abajo, resguardada en la calma de la transparencia, coqueteando con la nada y el 70% del mundo, alargando con pereza la comisura de tus labios.
Sentí abandonar el mundo, unirme al tuyo. Ser uno en las olas, ser uno en la sal, ser el que se arroja contra las rocas, no por necedad sino para derrocar al mundo seco, al mundo hostil, e invitarlo al mar.
Luz del Sol, luz de medio día, de inapelable y brutal medio día. Sin una sola nube que proteja un poco. Sin una sola idea que aleje un poco la idea de seguir en silencio cociendo la piel. No era paz. Era más el acto reflejo de abandonarte, de lograr olvidar,perdonar, rezar, reír, sonreír, broncear, quemar, estar.
Te levantaste aún muda. Bajaste de tu pedestal rocoso, para comenzar a sumergir el cuerpo. Curtiendo un poco el nuevo tono de tu superficie, la sal y el agua te acosaba los poros, y enfriaba con natural desdén las ganas de continuar el embate contra el mar.
Tu cabello fue el último en sentir la calma. El respiro del alma salada exhalando contra tu piel, la seducción del momento inmortal.
Fui a tu encuentro bajo las olas, bajo el sol, bajo la sal, bajo el mundo y sus presiones. Te encontré abajo, resguardada en la calma de la transparencia, coqueteando con la nada y el 70% del mundo, alargando con pereza la comisura de tus labios.
Sentí abandonar el mundo, unirme al tuyo. Ser uno en las olas, ser uno en la sal, ser el que se arroja contra las rocas, no por necedad sino para derrocar al mundo seco, al mundo hostil, e invitarlo al mar.
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domingo, 6 de abril de 2008
Conversación incómoda...
¿Quién te dijo que me soltaras?
El tiempo.
¿Y desde cuando traes reloj?
El biológico.
No cuenta, y creo que no lo sabes leer.
Entonces mi mano hormigueante me pidió soltarte. Me duele.
Y cuando quererme no te ha lastimado?
Tal vez me estoy cansando de quererte a ese costo.
Pero tú no te cansas y yo no soy mortal. ¿Y aún así me sueltas?
Tal vez sea mi miedo jalando mis manos.
El miedo siempre te ha obligado a abrazarme.
Tal vez sea que no te callas.
¿Qué tiene que ver el audio con el acto? En ese caso mejor cúbrete los oídos.
¿Por qué tanto miedo a que te suelte?
Por que te darás cuenta.
¿De qué?
De que soy yo la que necesito de tu abrazo...
…
…
Bueno. La verdad es que quiero cambiar el brazo.
Y la verdad es que no quiero por que yo estoy cómoda así.
…
…
Y la verdad es que no te iba a soltar.
Y de verdad yo no te iba a dejar hacerlo.
El tiempo.
¿Y desde cuando traes reloj?
El biológico.
No cuenta, y creo que no lo sabes leer.
Entonces mi mano hormigueante me pidió soltarte. Me duele.
Y cuando quererme no te ha lastimado?
Tal vez me estoy cansando de quererte a ese costo.
Pero tú no te cansas y yo no soy mortal. ¿Y aún así me sueltas?
Tal vez sea mi miedo jalando mis manos.
El miedo siempre te ha obligado a abrazarme.
Tal vez sea que no te callas.
¿Qué tiene que ver el audio con el acto? En ese caso mejor cúbrete los oídos.
¿Por qué tanto miedo a que te suelte?
Por que te darás cuenta.
¿De qué?
De que soy yo la que necesito de tu abrazo...
…
…
Bueno. La verdad es que quiero cambiar el brazo.
Y la verdad es que no quiero por que yo estoy cómoda así.
…
…
Y la verdad es que no te iba a soltar.
Y de verdad yo no te iba a dejar hacerlo.
lunes, 17 de marzo de 2008
Me pregunto....
Me pregunto dónde estaras, porqué no podras perdonar.
Me pregunto, joder, dónde acabara el día, el mes de completo.
Y comienzo a coqueter la idea de fumar,
no por ninguna moda, es para la voz quemar.
Para en la palabra un poco de calor encontrar.
Que vuelen las horas en la penumbra,
que rezando se acabe el espasmo y acabe en una cruz,
que se dejen confirmados mis temores,
que súbitamente caiga un rayo y se haga la luz.
Me pregunto por que no pasas por aquí.
Sugiriendo la verdad, por que aún carecen de sol
las tardes de esta ciudad.
Me pregunto por que no pasas por aquí
Llevandote el mundo a cuestas, con mi fé de fuerza.
Sé que las noches sin tí son un infierno,
Que me queman los segundos en las venas,
que huelen a quemado las penas
sé que las noches sin tí son reloj sin tiempo.
Que vuelen las horas en la oscuridad,
que mueran las noches de insomnio,
que se funda el día con el aguamiel.
que cada día se olvide el ayer.
Me pregunto, joder, dónde acabara el día, el mes de completo.
Y comienzo a coqueter la idea de fumar,
no por ninguna moda, es para la voz quemar.
Para en la palabra un poco de calor encontrar.
Que vuelen las horas en la penumbra,
que rezando se acabe el espasmo y acabe en una cruz,
que se dejen confirmados mis temores,
que súbitamente caiga un rayo y se haga la luz.
Me pregunto por que no pasas por aquí.
Sugiriendo la verdad, por que aún carecen de sol
las tardes de esta ciudad.
Me pregunto por que no pasas por aquí
Llevandote el mundo a cuestas, con mi fé de fuerza.
Sé que las noches sin tí son un infierno,
Que me queman los segundos en las venas,
que huelen a quemado las penas
sé que las noches sin tí son reloj sin tiempo.
Que vuelen las horas en la oscuridad,
que mueran las noches de insomnio,
que se funda el día con el aguamiel.
que cada día se olvide el ayer.
miércoles, 5 de marzo de 2008
La última vez...
Llevábamos meses de no vernos.
Las circunstancias y los miedos nos habían alejado un poco… no lo suficiente.
La recogí en su trabajo. Un beso en la mejilla, me indicó el rumbo de la cena. Charla de actualización muy precaria nos acompañó dos semáforos. Antes del tercero, alargó sus finos dedos a mi cabello. Electrizante sensación de lo conocido.
Cerré los ojos, y me recargué en contra de su piel. Ella segura de una decisión interna, se acercó a mí y me beso con turbias intenciones. La boca, el cuello, la oreja, fueron sus objetivos.
El claxon del auto detrás, nos advirtió del cambió de color del semáforo. Ella no cedió territorio, continuo tocándome, besándome, acariciándome, destapando esas intenciones reprimidas, esos besos añejos por no haberlos dado, esos roces que me pedían participar a toda costa.
Sin preguntas, sin palabras dejamos que el cuerpo hablara. Los nuestros decidieron buscar un lugar privado. Entramos a este lugar sin palabra cruzada, nuestras pieles no permitían descanso.
Tan pronto el auto fue lugar privado, la poca ropa que restaba fue arrebatada de ambos cuerpos. Botones rotos, cierres apresurados, pieles urgentes. El calor aumentaba, y su piel aún tenía ese sabor a gloria. Sus hombros perfectos no hacían otra cosa que invitar a devorar. Ella tenía esa mirada, de animal atacando, y al mismo tiempo de presa resignada. Besarle el pecho y bajar al abdomen, sin dejar de verla a los ojos grandes, era tener un ciervo en la quijada, decidido a alimentarte, y no con dolor sino con gusto de hacerlo.
El auto sólo fue capaz de dejarnos semidesnudos y con el sabor mutuo en los labios. Necesitábamos más espacio, la energía se desbordaba por los asientos, por los tapetes, por los asientos y ventanas, por cualquier rincón que el cuerpo permitiera contorsión para el acto más carnal y espiritual que jamás se haya ejecutado.
Abrí la puerta y la cargué sin dejar de morder, besar, rasguñar… comer.
Minutos después logramos llegar a la habitación. No había más ropas, limitaciones de espacio, ni otra idea que entregarnos. Sobre las sábanas bebí su alma en gotero, mientras ella sostenía mi cabello. Rocé el cielo, y lo mordí en sus labios, cada gota de sudor era motivación de otra nube, otro tacto sobrenatural, otra posición que nos recordara cada momento vivido.
Hicimos de todas las noches una, de todas las vivencias ese momento, de cada beso que se dio antes un intercambió de parpadeos. Un te quiero en cada sonrisa, un te extrañaba en cada mueca placentera, un por favor continua en cada tacto. Nos conocíamos bien, y nos concentrábamos en experimentar con lo conocido, saber que lo de antes funcionaba mejor por haberlo deseado tanto tiempo.
Asemejábamos una lucha sin tregua, sin descanso, sin inclinar la balanza de un lado o del otro. Lucha sin vencedores claros. Cualquiera que lo llegase a lograr, no podría sobrevivir por tantas heridas. Esta noche dejaría huella mortal en ambos.
También dejaría huella de las mordidas en tus hombros, rasguños en mi espalda, piel enrojecida, raspaduras en las rodillas, labios inflamados, almas al descubierto.
No había marcha atrás, no había más recuerdos, no había más culpas, no había más presiones, más palabras ocultas. Éramos puros y completos. Era la comunión del alma en el sexo. Era hacer el amor… en la cama, en la sala, en el sillón, en el lavabo, en el baño, era poseer una fuerza inexplicable. Era tatuarse en el pecho: “he estado enamorado”.
Las circunstancias y los miedos nos habían alejado un poco… no lo suficiente.
La recogí en su trabajo. Un beso en la mejilla, me indicó el rumbo de la cena. Charla de actualización muy precaria nos acompañó dos semáforos. Antes del tercero, alargó sus finos dedos a mi cabello. Electrizante sensación de lo conocido.
Cerré los ojos, y me recargué en contra de su piel. Ella segura de una decisión interna, se acercó a mí y me beso con turbias intenciones. La boca, el cuello, la oreja, fueron sus objetivos.
El claxon del auto detrás, nos advirtió del cambió de color del semáforo. Ella no cedió territorio, continuo tocándome, besándome, acariciándome, destapando esas intenciones reprimidas, esos besos añejos por no haberlos dado, esos roces que me pedían participar a toda costa.
Sin preguntas, sin palabras dejamos que el cuerpo hablara. Los nuestros decidieron buscar un lugar privado. Entramos a este lugar sin palabra cruzada, nuestras pieles no permitían descanso.
Tan pronto el auto fue lugar privado, la poca ropa que restaba fue arrebatada de ambos cuerpos. Botones rotos, cierres apresurados, pieles urgentes. El calor aumentaba, y su piel aún tenía ese sabor a gloria. Sus hombros perfectos no hacían otra cosa que invitar a devorar. Ella tenía esa mirada, de animal atacando, y al mismo tiempo de presa resignada. Besarle el pecho y bajar al abdomen, sin dejar de verla a los ojos grandes, era tener un ciervo en la quijada, decidido a alimentarte, y no con dolor sino con gusto de hacerlo.
El auto sólo fue capaz de dejarnos semidesnudos y con el sabor mutuo en los labios. Necesitábamos más espacio, la energía se desbordaba por los asientos, por los tapetes, por los asientos y ventanas, por cualquier rincón que el cuerpo permitiera contorsión para el acto más carnal y espiritual que jamás se haya ejecutado.
Abrí la puerta y la cargué sin dejar de morder, besar, rasguñar… comer.
Minutos después logramos llegar a la habitación. No había más ropas, limitaciones de espacio, ni otra idea que entregarnos. Sobre las sábanas bebí su alma en gotero, mientras ella sostenía mi cabello. Rocé el cielo, y lo mordí en sus labios, cada gota de sudor era motivación de otra nube, otro tacto sobrenatural, otra posición que nos recordara cada momento vivido.
Hicimos de todas las noches una, de todas las vivencias ese momento, de cada beso que se dio antes un intercambió de parpadeos. Un te quiero en cada sonrisa, un te extrañaba en cada mueca placentera, un por favor continua en cada tacto. Nos conocíamos bien, y nos concentrábamos en experimentar con lo conocido, saber que lo de antes funcionaba mejor por haberlo deseado tanto tiempo.
Asemejábamos una lucha sin tregua, sin descanso, sin inclinar la balanza de un lado o del otro. Lucha sin vencedores claros. Cualquiera que lo llegase a lograr, no podría sobrevivir por tantas heridas. Esta noche dejaría huella mortal en ambos.
También dejaría huella de las mordidas en tus hombros, rasguños en mi espalda, piel enrojecida, raspaduras en las rodillas, labios inflamados, almas al descubierto.
No había marcha atrás, no había más recuerdos, no había más culpas, no había más presiones, más palabras ocultas. Éramos puros y completos. Era la comunión del alma en el sexo. Era hacer el amor… en la cama, en la sala, en el sillón, en el lavabo, en el baño, era poseer una fuerza inexplicable. Era tatuarse en el pecho: “he estado enamorado”.
Capítulo 2: El espejo
Los días siguieron pasando. Perdí la cuenta de las horas pero comencé con la de los minutos; la niña en la carreta ya no era suficiente. Para resolverlo decidí reintentar lo del trabajo:
Asistí a un par de entrevistas; sin éxito aparente.
Tal vez no cubría perfil... o tal vez mi nivel de acicalamiento no era tan perfecto como la norma lo marca.
En una de ellas, recibí un comentario, que a memoria de buen cubero: Me gusta tu historial, saliste alto en los exámenes... pero... como te lo pongo, creo que unos cuantos cambios en tu apariencia, y atención a ti mismo, harían que la decisión fuera fácil.
Según yo, el traje formal, camisa, blanca, corbata de rayas azules, zapato boleado, cabello relamido, eran más que suficientes.
Pero la verdad últimamente había estado preparándome para la entrevista a tientas. Evitaba a toda costa acercarme al espejo.
Hace 4 meses que no me cortaba el cabello, la rasurada era por instrumentos, por no decir a ciegas.
Yo suponía si bien no era un perfecto candidato, uno muy sobre la media.
Ya entrado en confesiones, el espejo era la causa de esto. Me había acostumbrado a evadirlo.
En mi casa había varios, que decidí quitar por diversas razones. Pero uno se resistió. El espejo del centro de la sala, aquél que ocultaba el destino de la pequeña y los caballos. Ese espejo que tomaba mi mente y la colocaba una vez más en su lugar.
Su resistencia sobrehumana (o en su defecto sobreespeja) comenzó con dejar de reflejar. Negar su propia existencia al acercarme.
Negó por primera vez su existencia, aquella madrugada de los reflejos extraños.
La niña de la carreta llevaba dos días sin aparecer, pero en cambió habían aparecido lentos y toscos caminantes, que a decir verdad no eran tan divertidos.
Me levanté por un vaso con leche, que en realidad se transformó en un largo trago de cualquier cosa cuyo envase no distinguí, pero su sabor a putrefacto me advirtió detenerme. No me despabile, pues estaba seguro que tenía cerca el sueño, no debía espantarlo.
Al salir de la cocina me dirigí al baño. Allí todo transcurrió sin sobresaltos, hasta que al salir del mismo escuché un crujir. Regrese la mirada, nada vi. Sin pensar más en ello continué mi camino a mi cama. En las escaleras otro crujir al subir, justo donde una espejo estaba. Me asomé con cierta curiosidad está vez.
Con sólo un ojo a medio abrir, busqué en el espejo mi reflejo. Nada, adjudiqué el fenómeno a la falta de luz, así que apreté el interruptor y una luz blanca y ahorrativa se hizo presente.
Después de enfocar pobremente con el ojo abierto, mientras tallaba el otro con la mano. Vi una ausencia de mi imagen. No era invisible, pero simplemente yo no aparecía entre las maderillas talladas que hacían de marco. Por otro lado al acercarme podía distinguir sombras, y ojillos en las esquinas detrás de donde debería estar mi reflejo.
De inmediato gire el cuerpo en busca de aquellos causantes de esta broma. Nadie. Vislumbrar los medicamentos de nuevo era tenebrosa opción. Decidí evitar mis miedos, sin espejo no hay carencia de imagen, por tanto si los quitaba todos, no tendría que temer.
Así lo hice antes de que saliera el Sol, sólo faltaba uno. Al acercarme al igual que los otros no reflejó mi imagen. Pero este agregó una segunda súplica, dejó de reflejar todo. Dejó de ser espejo por mí. Se negó a ser su destino.
Se me hizo honorable, tenebroso sí, pero honorable al fin. Al final del día ese espejo había sido testigo de mis insomnios, y sabía que disfrutaba de la historia que él permitía fuera de final abierto. Era admirable que no por necedad de permanecer en la pared se negaba a sí mismo, lo hacía por mí, por que él estaba seguro de que él me permitía dormir y soñar un poco.
Así fue como el espejo se ganó mi respeto: Era lo que se esperaba de un amigo, sobrepasar los límites propios por metas ajenas. El espejo me ocultaba mi imagen y la de mis miedos por ser un buen amigo. Al menos yo pienso que es mi amigo.
Asistí a un par de entrevistas; sin éxito aparente.
Tal vez no cubría perfil... o tal vez mi nivel de acicalamiento no era tan perfecto como la norma lo marca.
En una de ellas, recibí un comentario, que a memoria de buen cubero: Me gusta tu historial, saliste alto en los exámenes... pero... como te lo pongo, creo que unos cuantos cambios en tu apariencia, y atención a ti mismo, harían que la decisión fuera fácil.
Según yo, el traje formal, camisa, blanca, corbata de rayas azules, zapato boleado, cabello relamido, eran más que suficientes.
Pero la verdad últimamente había estado preparándome para la entrevista a tientas. Evitaba a toda costa acercarme al espejo.
Hace 4 meses que no me cortaba el cabello, la rasurada era por instrumentos, por no decir a ciegas.
Yo suponía si bien no era un perfecto candidato, uno muy sobre la media.
Ya entrado en confesiones, el espejo era la causa de esto. Me había acostumbrado a evadirlo.
En mi casa había varios, que decidí quitar por diversas razones. Pero uno se resistió. El espejo del centro de la sala, aquél que ocultaba el destino de la pequeña y los caballos. Ese espejo que tomaba mi mente y la colocaba una vez más en su lugar.
Su resistencia sobrehumana (o en su defecto sobreespeja) comenzó con dejar de reflejar. Negar su propia existencia al acercarme.
Negó por primera vez su existencia, aquella madrugada de los reflejos extraños.
La niña de la carreta llevaba dos días sin aparecer, pero en cambió habían aparecido lentos y toscos caminantes, que a decir verdad no eran tan divertidos.
Me levanté por un vaso con leche, que en realidad se transformó en un largo trago de cualquier cosa cuyo envase no distinguí, pero su sabor a putrefacto me advirtió detenerme. No me despabile, pues estaba seguro que tenía cerca el sueño, no debía espantarlo.
Al salir de la cocina me dirigí al baño. Allí todo transcurrió sin sobresaltos, hasta que al salir del mismo escuché un crujir. Regrese la mirada, nada vi. Sin pensar más en ello continué mi camino a mi cama. En las escaleras otro crujir al subir, justo donde una espejo estaba. Me asomé con cierta curiosidad está vez.
Con sólo un ojo a medio abrir, busqué en el espejo mi reflejo. Nada, adjudiqué el fenómeno a la falta de luz, así que apreté el interruptor y una luz blanca y ahorrativa se hizo presente.
Después de enfocar pobremente con el ojo abierto, mientras tallaba el otro con la mano. Vi una ausencia de mi imagen. No era invisible, pero simplemente yo no aparecía entre las maderillas talladas que hacían de marco. Por otro lado al acercarme podía distinguir sombras, y ojillos en las esquinas detrás de donde debería estar mi reflejo.
De inmediato gire el cuerpo en busca de aquellos causantes de esta broma. Nadie. Vislumbrar los medicamentos de nuevo era tenebrosa opción. Decidí evitar mis miedos, sin espejo no hay carencia de imagen, por tanto si los quitaba todos, no tendría que temer.
Así lo hice antes de que saliera el Sol, sólo faltaba uno. Al acercarme al igual que los otros no reflejó mi imagen. Pero este agregó una segunda súplica, dejó de reflejar todo. Dejó de ser espejo por mí. Se negó a ser su destino.
Se me hizo honorable, tenebroso sí, pero honorable al fin. Al final del día ese espejo había sido testigo de mis insomnios, y sabía que disfrutaba de la historia que él permitía fuera de final abierto. Era admirable que no por necedad de permanecer en la pared se negaba a sí mismo, lo hacía por mí, por que él estaba seguro de que él me permitía dormir y soñar un poco.
Así fue como el espejo se ganó mi respeto: Era lo que se esperaba de un amigo, sobrepasar los límites propios por metas ajenas. El espejo me ocultaba mi imagen y la de mis miedos por ser un buen amigo. Al menos yo pienso que es mi amigo.
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Noveleando y cuenteando,
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martes, 4 de marzo de 2008
Salud...
No quiero que suene forzado,
o justificar lo injustificable.
Quiero que todo vuelva,
que el hoy sea como antes.
Quiero hablar, reir, burlar;
tengo antojo de memorias,
De una cuba, de una sonrisa sin razón.
Me molesta fallar,
pensar en lo inútil de la frase,
me molesta la mala memoria,
mis distracciones, y hacerte pensar mal al no marcarte.
Quiero que me leas, que sonrias,
que tengas en mente un par de recuerdos,
que me busques en alguna cantina,
o en la memoria de otro ron.
Recuerdo borroso y poco sobrio;
felicidad cruzada con mariachis;
fotos sin sentido, canciones al oído;
copas extra y viajes de memoria.
Sonríe es mi regalo,
Perdona pues he fallado,
Recuerda y no olvides al amigo,
que aunque retrasado,
siempre sonrío al brindar en mal estado.
Te extraño y pido perdón
por que hoy así lo decido.
Brindemos por lo que ha pasado
y por lo que pasara.
No importa si caes por ebria o por fallo
sigo siendo tu amigo,
por que está en el destino,
está escrito en nuestras manos.
Salud Carajo
o justificar lo injustificable.
Quiero que todo vuelva,
que el hoy sea como antes.
Quiero hablar, reir, burlar;
tengo antojo de memorias,
De una cuba, de una sonrisa sin razón.
Me molesta fallar,
pensar en lo inútil de la frase,
me molesta la mala memoria,
mis distracciones, y hacerte pensar mal al no marcarte.
Quiero que me leas, que sonrias,
que tengas en mente un par de recuerdos,
que me busques en alguna cantina,
o en la memoria de otro ron.
Recuerdo borroso y poco sobrio;
felicidad cruzada con mariachis;
fotos sin sentido, canciones al oído;
copas extra y viajes de memoria.
Sonríe es mi regalo,
Perdona pues he fallado,
Recuerda y no olvides al amigo,
que aunque retrasado,
siempre sonrío al brindar en mal estado.
Te extraño y pido perdón
por que hoy así lo decido.
Brindemos por lo que ha pasado
y por lo que pasara.
No importa si caes por ebria o por fallo
sigo siendo tu amigo,
por que está en el destino,
está escrito en nuestras manos.
Salud Carajo
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