Como conejo que se pierde encandilado por los faros del auto que lo ha de matar; similar a cualquier persona verdaderamente agotada por el destino, que se enfrenta al último vendaval, no por que crea que el clima mejorara... sino por que está segura de que no aguantará uno más.
Con ese semblante, que apabulla cualquier otra cicatriz del día a día, que sólo se enmarca por la tormenta que carga en la espalda y el agua que escurre por toda su desmaquillada cara, atestiguando el diluvio que no acaba. Que no acabara pronto.
Sacude con ira su ser, esperando el desarmarse o al menos dejar un poco de si. Diluida en el agua gris, que ya es charco y rastro pasajero de un camino que no quiere repetir. Camina mientras se cambia de uniforme, mientras su careta es retocada para denotar una ligera esperanza, esboza una sonrisa fracasada al acercarse al espejo más cercano.
Sorpresa y susto, las dos de golpe: Una por darse cuenta que no hay boca en el rostro, la otra por realmente sentir por primera vez en el día. Recorre el suelo en busca de la pieza faltante; revuelve sus bolsillos, agita y sacude las ropas. Nada.
Sorprendentemente calmada se hinca y a gatas regresa por sus pasos. "No debe estar lejos... La usé hace poco" dice mientras tienta el camino, masajeando cada palmo de mármol que se muestra con huellas de actividad. Un par de monedas cerca de la entrada, una llave y hasta un perno de un reloj, pero no hay rastro... ni un labio, una comisura, una sonrisita.
Con la misma cara sólo que esta vez un tanto más verde, se pone en pie, camina al espejo, saca un labial rojo. Dibuja un par de barras paralelas horizontales debajo de la nariz mientras piensa: "seguro volví a olvidarla antes de salir de casa".
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lunes, 21 de junio de 2010
jueves, 29 de abril de 2010
Que le dijo una lata caduca a otra...
Ven y dime entre lágrimas y dientes apretados, que nadie nos prometió vivir para siempre, que la vida nos tiene fechados.
Ahora que todo es bello y que no hay nada ya que extrañar, está el mismo sueño que cuenta mis días hasta que desfallezco y comienzo a extrañar los nuncas de una vida sin mirar atrás.
Con sus manos estrechas, el camino de piel que has dejado atrás, coloca los ojos en ti. Tu cuerpo nervioso estremece, sorprenden las propuestas, las torpezas y los segundos largos que marcan la diferencia.
Pongo la atención en el camino, que se pierde, el tiempo consistente en lo extraño, lo torcido y lo encantado; todo me recuerda tu pequeña incierta cordura que recae entre lluvias y pánicos callejeros, destinados al incendio de lo profano y el restablecimiento del beso como moneda de intercambio.
Hoy nadie pertenece a tu mundo ya olvidado de tantos cambios, perdido en si mismo y encontrado por la nada que camina en tu cabeza y habla indecencias mientras cubre sus ojos de cualquier luz que no sea la propia. Así pasan los días y las horas de espasmos, de ser mal etiquetados en este mundo de supermercado.
Ahora que todo es bello y que no hay nada ya que extrañar, está el mismo sueño que cuenta mis días hasta que desfallezco y comienzo a extrañar los nuncas de una vida sin mirar atrás.
Con sus manos estrechas, el camino de piel que has dejado atrás, coloca los ojos en ti. Tu cuerpo nervioso estremece, sorprenden las propuestas, las torpezas y los segundos largos que marcan la diferencia.
Pongo la atención en el camino, que se pierde, el tiempo consistente en lo extraño, lo torcido y lo encantado; todo me recuerda tu pequeña incierta cordura que recae entre lluvias y pánicos callejeros, destinados al incendio de lo profano y el restablecimiento del beso como moneda de intercambio.
Hoy nadie pertenece a tu mundo ya olvidado de tantos cambios, perdido en si mismo y encontrado por la nada que camina en tu cabeza y habla indecencias mientras cubre sus ojos de cualquier luz que no sea la propia. Así pasan los días y las horas de espasmos, de ser mal etiquetados en este mundo de supermercado.
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jueves, 18 de marzo de 2010
Caminando...
Caminando sin demasiado rumbo, las calles resultan conocidas. Todo luce igual, tan gris y dispar. Perteneciente a la noche que no deja de aullar, lamentos solitarios que oscurecen los faros, mientras el silencio se encripta bajo el brazo cobijante de los autos incesantes que aún no dejan de pasar.
Volvemos a levantar la mirada, de nuevo pocas estrellas en este cielo de ciudad. Algo cambia y las calles, en mi camino, ya no son las mismas, las nubes son de otro tiempo, las lluvias de otro lugar. Todo se junta y alarga la ciudad, todo recuerda el infinito y la certeza de que no hay más allá.
Somos chispas y estrellas, somos hormigas y dioses, somos cielo y carretera. Soy el que escribe y así su alma alimenta.
Volvemos a levantar la mirada, de nuevo pocas estrellas en este cielo de ciudad. Algo cambia y las calles, en mi camino, ya no son las mismas, las nubes son de otro tiempo, las lluvias de otro lugar. Todo se junta y alarga la ciudad, todo recuerda el infinito y la certeza de que no hay más allá.
Somos chispas y estrellas, somos hormigas y dioses, somos cielo y carretera. Soy el que escribe y así su alma alimenta.
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lunes, 10 de agosto de 2009
Lo mismo...
Te cambias de camisa, de ropa, de tinte de cabello, de pareja, de letra, de tarjetas de presentación, de vez en vez de calendario o de canción. Adorable sería el quedarse quieto unos segundo adorando sin sentido los días que pasan de uno en uno amontonándose en el olvido.
Y escuchas líneas de amor en cada canción, en cada envoltura de golosina, en cada diario que lees. Buscas en el horóscopo alguna salida a esta depresión de los días al vacío, y sólo dejas que todo siga porque: "hoy será un gran día" dice el adolescente que inventa que lee los astros, y tú le quieres creer.
Te diluyes en el mar de gente que lleva tu rumbo pero no tus causas. Te pierdes en el sinsentido del caos que amerita planificación diaria. Te pierdes a diario en tu camino, en tu tiempo en tu vida. Y pierdes el mapa de toda cordura incluso sobre el tópico de perder la cabeza.
Te sientes ajeno y vivo sólo cuando no respiras y te tragas las mismas premisas que te atan y reprimen. No haces lo que quieres hacer, no trabajas para tus propios fines, no planeas por tus propios intereses, en resumen no eres quien quieres ser, y en silencio defraudas a tu niño interno.
¿Qué harás hoy?, si contestas que lo mismo que ayer: No me vuelvas a hablar.
Y escuchas líneas de amor en cada canción, en cada envoltura de golosina, en cada diario que lees. Buscas en el horóscopo alguna salida a esta depresión de los días al vacío, y sólo dejas que todo siga porque: "hoy será un gran día" dice el adolescente que inventa que lee los astros, y tú le quieres creer.
Te diluyes en el mar de gente que lleva tu rumbo pero no tus causas. Te pierdes en el sinsentido del caos que amerita planificación diaria. Te pierdes a diario en tu camino, en tu tiempo en tu vida. Y pierdes el mapa de toda cordura incluso sobre el tópico de perder la cabeza.
Te sientes ajeno y vivo sólo cuando no respiras y te tragas las mismas premisas que te atan y reprimen. No haces lo que quieres hacer, no trabajas para tus propios fines, no planeas por tus propios intereses, en resumen no eres quien quieres ser, y en silencio defraudas a tu niño interno.
¿Qué harás hoy?, si contestas que lo mismo que ayer: No me vuelvas a hablar.
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jueves, 9 de julio de 2009
No importa...
No importa mientras se vea lejos, se vea más allá de los ladrillos transparentes, de los nuevos discos, de las viejas melodías. No importa mientras todos se confundan con las luces de la ciudad y dejen de jugar con su cabello; bajo la luz de la vela, o el faro, en cada calle de la ciudad que despide olores desde sus poros hechos coladeras.
Y pasemos la noche mezclados entre tragos y cigarros, preguntando el porqué de cualquier cosa, confundidos con extraños, con aliados, bajo esta urbe que tiende a ahogarse a si misma de memorias y copas rotas.
No importa que hagas mientras vayas lejos. Sólo déjate arrastrar en la ola de cualquier saludo, que te lleva por la calle de la mano al siguiente punto, a la siguiente nota. No luzcas sorprendido de no querer ver, que hace calles que no ves sin dejar de temblar y el pecho te brinca sin saber. Sudas y llueve, confundes las calles con parientes y la luna de brújula te pierde, la culpas entre nubes, sigues silbando embriagándote de oscuridad. Quedando confundido de buscarla, entre tinieblas, copas y plumas de memorias confusas, que te llevan a casa casi a rastras; reptando hasta tu cama donde mueres despacito hasta la siguiente mañana. Y nada importará mientras hayas ido lejos, escapando de ti, de los recuerdos y de estos vacíos en casi cualquier alma.
Y pasemos la noche mezclados entre tragos y cigarros, preguntando el porqué de cualquier cosa, confundidos con extraños, con aliados, bajo esta urbe que tiende a ahogarse a si misma de memorias y copas rotas.
No importa que hagas mientras vayas lejos. Sólo déjate arrastrar en la ola de cualquier saludo, que te lleva por la calle de la mano al siguiente punto, a la siguiente nota. No luzcas sorprendido de no querer ver, que hace calles que no ves sin dejar de temblar y el pecho te brinca sin saber. Sudas y llueve, confundes las calles con parientes y la luna de brújula te pierde, la culpas entre nubes, sigues silbando embriagándote de oscuridad. Quedando confundido de buscarla, entre tinieblas, copas y plumas de memorias confusas, que te llevan a casa casi a rastras; reptando hasta tu cama donde mueres despacito hasta la siguiente mañana. Y nada importará mientras hayas ido lejos, escapando de ti, de los recuerdos y de estos vacíos en casi cualquier alma.
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miércoles, 29 de octubre de 2008
De esas mañanas...
De mañanas frías, de esas que duelen en el huesito de la mano, de esas que provocan abrazos y repegarse. De echar humito, aliento tibio que deja detrás de si el suspiro. De esas mañanas donde la carne se pone cruda y descubierta a pesar de las capas, bufandas o abrigos.
En una de esas mañanas me reencontre con tus meses cumplidos y volví a verificar que sigues sin fecha de caducidad. Sigues siendo inoxidable, inolvidable, y la perfecta aliada de una vida de felicidad.
De esas mañanas donde me frotan tus manos, eres el mejor manto y lo que hace bello el estar a tan pocos grados. Quiero más de esas mañanas donde despierto a tu lado.
En una de esas mañanas me reencontre con tus meses cumplidos y volví a verificar que sigues sin fecha de caducidad. Sigues siendo inoxidable, inolvidable, y la perfecta aliada de una vida de felicidad.
De esas mañanas donde me frotan tus manos, eres el mejor manto y lo que hace bello el estar a tan pocos grados. Quiero más de esas mañanas donde despierto a tu lado.
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miércoles, 21 de mayo de 2008
"cuidado con lo que deseas..."
Deseo el arte del recuerdo pulido en mi intento del asesinato de la rutina; y las heridas supurantes que ayudan a levantar el ánimo de rascar la costra.
Deseo un disparo callado en la sien, que susurre y lengüete las memorias que recuenten lo vivido al volver a encontrarme. Así quiero mis últimas penas, dolores, tragedias; que vengan de las que no sorprenden las arterias. Quiero el reto de olvido perder, perderlo todo frente al tiempo tibio, limpiador y sanador.
Todo lo que queda del sudor, la adrenalina que viene del pasado, TODO, quiero limpiarlo: de la sala, cocina, techo, y paredes, con sosa quiero amagar las manchas y el olor que marea a cualquiera no acostumbrado al metro y sus suicidios. Quiero limpiar la sangre de las baldozas y alfombras con agua tibia y soda.
Deseo un disparo callado en la sien, que susurre y lengüete las memorias que recuenten lo vivido al volver a encontrarme. Así quiero mis últimas penas, dolores, tragedias; que vengan de las que no sorprenden las arterias. Quiero el reto de olvido perder, perderlo todo frente al tiempo tibio, limpiador y sanador.
Todo lo que queda del sudor, la adrenalina que viene del pasado, TODO, quiero limpiarlo: de la sala, cocina, techo, y paredes, con sosa quiero amagar las manchas y el olor que marea a cualquiera no acostumbrado al metro y sus suicidios. Quiero limpiar la sangre de las baldozas y alfombras con agua tibia y soda.
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miércoles, 23 de abril de 2008
Seco...
Las rocas eran azotadas por las necias olas, una tras otra, distinta fuerza, altura y suerte. Todas estampaban su rostro en contra de la áspera superficie que dejaba segundos de brillos húmedos en el aire, pero algunas lograban salpicar tus pies, para secarse rápidamente contra el cruel rayo de luz.
Luz del Sol, luz de medio día, de inapelable y brutal medio día. Sin una sola nube que proteja un poco. Sin una sola idea que aleje un poco la idea de seguir en silencio cociendo la piel. No era paz. Era más el acto reflejo de abandonarte, de lograr olvidar,perdonar, rezar, reír, sonreír, broncear, quemar, estar.
Te levantaste aún muda. Bajaste de tu pedestal rocoso, para comenzar a sumergir el cuerpo. Curtiendo un poco el nuevo tono de tu superficie, la sal y el agua te acosaba los poros, y enfriaba con natural desdén las ganas de continuar el embate contra el mar.
Tu cabello fue el último en sentir la calma. El respiro del alma salada exhalando contra tu piel, la seducción del momento inmortal.
Fui a tu encuentro bajo las olas, bajo el sol, bajo la sal, bajo el mundo y sus presiones. Te encontré abajo, resguardada en la calma de la transparencia, coqueteando con la nada y el 70% del mundo, alargando con pereza la comisura de tus labios.
Sentí abandonar el mundo, unirme al tuyo. Ser uno en las olas, ser uno en la sal, ser el que se arroja contra las rocas, no por necedad sino para derrocar al mundo seco, al mundo hostil, e invitarlo al mar.
Luz del Sol, luz de medio día, de inapelable y brutal medio día. Sin una sola nube que proteja un poco. Sin una sola idea que aleje un poco la idea de seguir en silencio cociendo la piel. No era paz. Era más el acto reflejo de abandonarte, de lograr olvidar,perdonar, rezar, reír, sonreír, broncear, quemar, estar.
Te levantaste aún muda. Bajaste de tu pedestal rocoso, para comenzar a sumergir el cuerpo. Curtiendo un poco el nuevo tono de tu superficie, la sal y el agua te acosaba los poros, y enfriaba con natural desdén las ganas de continuar el embate contra el mar.
Tu cabello fue el último en sentir la calma. El respiro del alma salada exhalando contra tu piel, la seducción del momento inmortal.
Fui a tu encuentro bajo las olas, bajo el sol, bajo la sal, bajo el mundo y sus presiones. Te encontré abajo, resguardada en la calma de la transparencia, coqueteando con la nada y el 70% del mundo, alargando con pereza la comisura de tus labios.
Sentí abandonar el mundo, unirme al tuyo. Ser uno en las olas, ser uno en la sal, ser el que se arroja contra las rocas, no por necedad sino para derrocar al mundo seco, al mundo hostil, e invitarlo al mar.
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miércoles, 5 de marzo de 2008
Capítulo 2: El espejo
Los días siguieron pasando. Perdí la cuenta de las horas pero comencé con la de los minutos; la niña en la carreta ya no era suficiente. Para resolverlo decidí reintentar lo del trabajo:
Asistí a un par de entrevistas; sin éxito aparente.
Tal vez no cubría perfil... o tal vez mi nivel de acicalamiento no era tan perfecto como la norma lo marca.
En una de ellas, recibí un comentario, que a memoria de buen cubero: Me gusta tu historial, saliste alto en los exámenes... pero... como te lo pongo, creo que unos cuantos cambios en tu apariencia, y atención a ti mismo, harían que la decisión fuera fácil.
Según yo, el traje formal, camisa, blanca, corbata de rayas azules, zapato boleado, cabello relamido, eran más que suficientes.
Pero la verdad últimamente había estado preparándome para la entrevista a tientas. Evitaba a toda costa acercarme al espejo.
Hace 4 meses que no me cortaba el cabello, la rasurada era por instrumentos, por no decir a ciegas.
Yo suponía si bien no era un perfecto candidato, uno muy sobre la media.
Ya entrado en confesiones, el espejo era la causa de esto. Me había acostumbrado a evadirlo.
En mi casa había varios, que decidí quitar por diversas razones. Pero uno se resistió. El espejo del centro de la sala, aquél que ocultaba el destino de la pequeña y los caballos. Ese espejo que tomaba mi mente y la colocaba una vez más en su lugar.
Su resistencia sobrehumana (o en su defecto sobreespeja) comenzó con dejar de reflejar. Negar su propia existencia al acercarme.
Negó por primera vez su existencia, aquella madrugada de los reflejos extraños.
La niña de la carreta llevaba dos días sin aparecer, pero en cambió habían aparecido lentos y toscos caminantes, que a decir verdad no eran tan divertidos.
Me levanté por un vaso con leche, que en realidad se transformó en un largo trago de cualquier cosa cuyo envase no distinguí, pero su sabor a putrefacto me advirtió detenerme. No me despabile, pues estaba seguro que tenía cerca el sueño, no debía espantarlo.
Al salir de la cocina me dirigí al baño. Allí todo transcurrió sin sobresaltos, hasta que al salir del mismo escuché un crujir. Regrese la mirada, nada vi. Sin pensar más en ello continué mi camino a mi cama. En las escaleras otro crujir al subir, justo donde una espejo estaba. Me asomé con cierta curiosidad está vez.
Con sólo un ojo a medio abrir, busqué en el espejo mi reflejo. Nada, adjudiqué el fenómeno a la falta de luz, así que apreté el interruptor y una luz blanca y ahorrativa se hizo presente.
Después de enfocar pobremente con el ojo abierto, mientras tallaba el otro con la mano. Vi una ausencia de mi imagen. No era invisible, pero simplemente yo no aparecía entre las maderillas talladas que hacían de marco. Por otro lado al acercarme podía distinguir sombras, y ojillos en las esquinas detrás de donde debería estar mi reflejo.
De inmediato gire el cuerpo en busca de aquellos causantes de esta broma. Nadie. Vislumbrar los medicamentos de nuevo era tenebrosa opción. Decidí evitar mis miedos, sin espejo no hay carencia de imagen, por tanto si los quitaba todos, no tendría que temer.
Así lo hice antes de que saliera el Sol, sólo faltaba uno. Al acercarme al igual que los otros no reflejó mi imagen. Pero este agregó una segunda súplica, dejó de reflejar todo. Dejó de ser espejo por mí. Se negó a ser su destino.
Se me hizo honorable, tenebroso sí, pero honorable al fin. Al final del día ese espejo había sido testigo de mis insomnios, y sabía que disfrutaba de la historia que él permitía fuera de final abierto. Era admirable que no por necedad de permanecer en la pared se negaba a sí mismo, lo hacía por mí, por que él estaba seguro de que él me permitía dormir y soñar un poco.
Así fue como el espejo se ganó mi respeto: Era lo que se esperaba de un amigo, sobrepasar los límites propios por metas ajenas. El espejo me ocultaba mi imagen y la de mis miedos por ser un buen amigo. Al menos yo pienso que es mi amigo.
Asistí a un par de entrevistas; sin éxito aparente.
Tal vez no cubría perfil... o tal vez mi nivel de acicalamiento no era tan perfecto como la norma lo marca.
En una de ellas, recibí un comentario, que a memoria de buen cubero: Me gusta tu historial, saliste alto en los exámenes... pero... como te lo pongo, creo que unos cuantos cambios en tu apariencia, y atención a ti mismo, harían que la decisión fuera fácil.
Según yo, el traje formal, camisa, blanca, corbata de rayas azules, zapato boleado, cabello relamido, eran más que suficientes.
Pero la verdad últimamente había estado preparándome para la entrevista a tientas. Evitaba a toda costa acercarme al espejo.
Hace 4 meses que no me cortaba el cabello, la rasurada era por instrumentos, por no decir a ciegas.
Yo suponía si bien no era un perfecto candidato, uno muy sobre la media.
Ya entrado en confesiones, el espejo era la causa de esto. Me había acostumbrado a evadirlo.
En mi casa había varios, que decidí quitar por diversas razones. Pero uno se resistió. El espejo del centro de la sala, aquél que ocultaba el destino de la pequeña y los caballos. Ese espejo que tomaba mi mente y la colocaba una vez más en su lugar.
Su resistencia sobrehumana (o en su defecto sobreespeja) comenzó con dejar de reflejar. Negar su propia existencia al acercarme.
Negó por primera vez su existencia, aquella madrugada de los reflejos extraños.
La niña de la carreta llevaba dos días sin aparecer, pero en cambió habían aparecido lentos y toscos caminantes, que a decir verdad no eran tan divertidos.
Me levanté por un vaso con leche, que en realidad se transformó en un largo trago de cualquier cosa cuyo envase no distinguí, pero su sabor a putrefacto me advirtió detenerme. No me despabile, pues estaba seguro que tenía cerca el sueño, no debía espantarlo.
Al salir de la cocina me dirigí al baño. Allí todo transcurrió sin sobresaltos, hasta que al salir del mismo escuché un crujir. Regrese la mirada, nada vi. Sin pensar más en ello continué mi camino a mi cama. En las escaleras otro crujir al subir, justo donde una espejo estaba. Me asomé con cierta curiosidad está vez.
Con sólo un ojo a medio abrir, busqué en el espejo mi reflejo. Nada, adjudiqué el fenómeno a la falta de luz, así que apreté el interruptor y una luz blanca y ahorrativa se hizo presente.
Después de enfocar pobremente con el ojo abierto, mientras tallaba el otro con la mano. Vi una ausencia de mi imagen. No era invisible, pero simplemente yo no aparecía entre las maderillas talladas que hacían de marco. Por otro lado al acercarme podía distinguir sombras, y ojillos en las esquinas detrás de donde debería estar mi reflejo.
De inmediato gire el cuerpo en busca de aquellos causantes de esta broma. Nadie. Vislumbrar los medicamentos de nuevo era tenebrosa opción. Decidí evitar mis miedos, sin espejo no hay carencia de imagen, por tanto si los quitaba todos, no tendría que temer.
Así lo hice antes de que saliera el Sol, sólo faltaba uno. Al acercarme al igual que los otros no reflejó mi imagen. Pero este agregó una segunda súplica, dejó de reflejar todo. Dejó de ser espejo por mí. Se negó a ser su destino.
Se me hizo honorable, tenebroso sí, pero honorable al fin. Al final del día ese espejo había sido testigo de mis insomnios, y sabía que disfrutaba de la historia que él permitía fuera de final abierto. Era admirable que no por necedad de permanecer en la pared se negaba a sí mismo, lo hacía por mí, por que él estaba seguro de que él me permitía dormir y soñar un poco.
Así fue como el espejo se ganó mi respeto: Era lo que se esperaba de un amigo, sobrepasar los límites propios por metas ajenas. El espejo me ocultaba mi imagen y la de mis miedos por ser un buen amigo. Al menos yo pienso que es mi amigo.
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domingo, 11 de noviembre de 2007
Antes
Hacer lo incorrecto, quitar la oferta del camino debido. Presionar en los puntos adecuados al cuerpo ajeno. Convencer cada poro, a sudor y a piel. Besar la frente, la mejilla, y recorrer tu mandibula hasta escuchar mis chasquidos de corazón zapateando contra el pecho de metal, tan cerca del tuyo que agitado suspira por un poco más.
Morder el cuello agresivo, que suave en piel, pero firme en corte taladra con electricidad tu espalda, y crespa los ligamentos, apretando tu mano, contra propia voluntad, pero a favor de tu libertad carnal. Tu calor y tu aroma lo reconocen; el terreno ha sido perdido y la llama puesto fuera de control.
Las miradas evasivas ahora filosas, desgarran lo poco que queda de ropa. Y a medida de evitar cualquier atadura sentimental, nos libermos de toda culpa, se apagan las luces, y nuestras miradas penetran sin duda alguna entre la sombra y lo prohibido.
De entre la sabanas se respira el oxido del pecho ajeno.
Morder el cuello agresivo, que suave en piel, pero firme en corte taladra con electricidad tu espalda, y crespa los ligamentos, apretando tu mano, contra propia voluntad, pero a favor de tu libertad carnal. Tu calor y tu aroma lo reconocen; el terreno ha sido perdido y la llama puesto fuera de control.
Las miradas evasivas ahora filosas, desgarran lo poco que queda de ropa. Y a medida de evitar cualquier atadura sentimental, nos libermos de toda culpa, se apagan las luces, y nuestras miradas penetran sin duda alguna entre la sombra y lo prohibido.
De entre la sabanas se respira el oxido del pecho ajeno.
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lunes, 24 de septiembre de 2007
Capitulo 1: Cuentos de tirol
Las manos en blanco, el papel en negro, la vida tonos grises y lo único a color, la vista.
Llevaba ya más de cuatro noches de insomnio. La posibilidad de superar mi reciente desempleo mediante el uso de mi nueva habilidad, dormitar únicamente dos horas por la madrugadamañana, era ya contemplada como viable; Los veladores no podían ser tan infelices: Eran el sueño de todo niño de ocho años. No duermen, comen únicamente comida chatarra, y tienen todo el centro comercial para ellos solos.
Las taquicardias y las voces no habían aparecido. La última vez que atacaron, más bien aparecido, el doctor mando drogas y descanso. No tenía intención de volver a esas andadas; las pastillas que te hacen sentir feliz, y mover al mundo en cámara lenta simplemente me daban más miedo que las voces. Aparte siendo realistas, nunca comprendí que me decían los susurros.
Las tardes pasaban fugaces, y las noches en pausas.
Las paredes de tirol de mi casa se habían dedicado a contarme historias en sus contornos.
La frecuencia de las narraciones no era programada, pero después de tres o cuatro horas de mirar fijamente la pared las texturas cobraban vida y contaban secretos a media luz o a media razón. La pared no tenía nada de sobrenatural, de eso estoy convencido, y explicaba mis malviajes con cansancio y semi dormir con los ojos abiertos, dando libertad a mi inconciente de navegar en la pared cuyo único límite era un espejo medio estorboso; al menos así me sigo explicando esas historias.
Uno de mis cuentos preferidos comenzaba con una carreta.
La carreta, con cuatro caballos de fuerza, tranquila paseaba por el techo grumoso; pero al llegar al ángulo recto con la pared, algo espantaba a los animales, que temerosos intentaban correr. Una niña dentro del vehículo era divisada. Torpemente subía a intentar controlar a los animales desvocados, que corrían de un librero al pilar, del pilar al suelo, y del suelo al espejo.
El espejo que colgaba justo al centro, de la pared de muy amplias proporciones contra el pequeño adorno reflejante. Me imposibilitaba ver cómo la pequeña de cabellera rizada desaparecía. Pues al salir por el otro lado del estorbo, los caballos ya no tenían lastre de carreta y la pequeña ya no era divisada.
Lo que hacía que esta historia me gustara tanto, era que recorría casi todos los muros y el techo, pero sobre todo, tenía un final abierto, donde yo podía suponer que la niña había soltado a los caballos, o logrado saltar y salir ilesa, o en su defecto, si el humor lo permitía, que se había estrellado con su reflejo, pues sólo los caballos sin culpas y sin lastres lograban atraversar. El enfrentarse a uno mismo siempre será más catastrófico mientras más pasado tenga uno.
Siempre una historia diferente, siempre la misma carreta y la misma niña... siempre lograba dormitar casi dos horas al quedarme pensando en el final de la pequeña.
Llevaba ya más de cuatro noches de insomnio. La posibilidad de superar mi reciente desempleo mediante el uso de mi nueva habilidad, dormitar únicamente dos horas por la madrugadamañana, era ya contemplada como viable; Los veladores no podían ser tan infelices: Eran el sueño de todo niño de ocho años. No duermen, comen únicamente comida chatarra, y tienen todo el centro comercial para ellos solos.
Las taquicardias y las voces no habían aparecido. La última vez que atacaron, más bien aparecido, el doctor mando drogas y descanso. No tenía intención de volver a esas andadas; las pastillas que te hacen sentir feliz, y mover al mundo en cámara lenta simplemente me daban más miedo que las voces. Aparte siendo realistas, nunca comprendí que me decían los susurros.
Las tardes pasaban fugaces, y las noches en pausas.
Las paredes de tirol de mi casa se habían dedicado a contarme historias en sus contornos.
La frecuencia de las narraciones no era programada, pero después de tres o cuatro horas de mirar fijamente la pared las texturas cobraban vida y contaban secretos a media luz o a media razón. La pared no tenía nada de sobrenatural, de eso estoy convencido, y explicaba mis malviajes con cansancio y semi dormir con los ojos abiertos, dando libertad a mi inconciente de navegar en la pared cuyo único límite era un espejo medio estorboso; al menos así me sigo explicando esas historias.
Uno de mis cuentos preferidos comenzaba con una carreta.
La carreta, con cuatro caballos de fuerza, tranquila paseaba por el techo grumoso; pero al llegar al ángulo recto con la pared, algo espantaba a los animales, que temerosos intentaban correr. Una niña dentro del vehículo era divisada. Torpemente subía a intentar controlar a los animales desvocados, que corrían de un librero al pilar, del pilar al suelo, y del suelo al espejo.
El espejo que colgaba justo al centro, de la pared de muy amplias proporciones contra el pequeño adorno reflejante. Me imposibilitaba ver cómo la pequeña de cabellera rizada desaparecía. Pues al salir por el otro lado del estorbo, los caballos ya no tenían lastre de carreta y la pequeña ya no era divisada.
Lo que hacía que esta historia me gustara tanto, era que recorría casi todos los muros y el techo, pero sobre todo, tenía un final abierto, donde yo podía suponer que la niña había soltado a los caballos, o logrado saltar y salir ilesa, o en su defecto, si el humor lo permitía, que se había estrellado con su reflejo, pues sólo los caballos sin culpas y sin lastres lograban atraversar. El enfrentarse a uno mismo siempre será más catastrófico mientras más pasado tenga uno.
Siempre una historia diferente, siempre la misma carreta y la misma niña... siempre lograba dormitar casi dos horas al quedarme pensando en el final de la pequeña.
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